LOS SECRETOS DE LA CASA ALFAGEME
La Casa Alfageme
Ya sabrán lo caprichoso que es el devenir del tiempo, esa suerte de providencia que nos guía por veredas insospechadas hasta nuestro destino final. Este Cicerone ha recorrido, durante los últimos meses, las historias de los edificios más notables de León y no cesará en su empeño por mucho tiempo. Sin embargo, en todo este periplo, jamás había experimentado una aventura similar, ni me había acercado a una historia tan impregnada de melancolía como la que nos ocupa hoy.
Nos referimos a la historia de la Casa Alfageme y de la familia que le da nombre. La semana pasada nos adentramos en su estudio arquitectónico, desentrañando cómo fue erigida en 1913 bajo la batuta de Juan Crisóstomo Torbado y a instancias de Isidro Alfageme, quien con el tiempo llegaría a ostentar el cargo de alcalde de León. Años más tarde, en 1956, la casa experimentó una ampliación inesperada: dos pisos añadidos a su estructura original. ¿Cuál fue la razón de esta sorprendente modificación en un edificio que ya contaba con más de cuatro décadas de historia? Es momento de conocer el periplo de una familia que dejó una impronta indeleble en la ciudad.
La historia de la Casa Alfageme está dividida en 2 partes:
La genealogía de los Alfageme no se arraiga en León desde sus orígenes, sino que se remonta a Vezdemarbán, un pequeño enclave zamorano. Desde allí, Santiago Alfageme Pérez emprendió su camino hacia nuestra ciudad, compartiendo ascendencia con Bernardo Alfageme Pérez, fundador en Candás de las conservas Miau. En una de esas ironías que depara el destino, Santiago contrajo matrimonio con Catalina Alfageme Pérez, su prima. Para consumar la unión, se requirió una bula papal, un episodio que añade un matiz singular a la historia de la familia.
Los misteriosos negativos fotográficos encontrados en la Casa Alfageme
Durante más de 60 años los negativos de la Casa Alfagame cayeron en el olvido, hasta que un hombre dio con ellos y compartió su historia con todo el mundo. En ellos, cientos de fotografías personales. Pero, en concreto, algunas instantáneas inéditas de la ciudad de León. Conoce toda la historia y las fotografías en el siguiente artículo:
De esta unión nace la primera generación de los Alfageme Alfageme, cuyos miembros adquirieron notable relevancia en el entramado social leonés. Entre ellos destaca Isidro Alfageme Alfageme, quien ejerció como alcalde de la ciudad y es el protagonista de nuestra historia. Su hermano Francisco ordenó la construcción del conocido chalet Alfageme, antaño situado en el solar donde hoy se erige el Ayuntamiento de León. Otro de los hermanos, Agustín Alfageme, dejó su huella en la cultura leonesa con la gestión y promoción del Teatro Alfageme, ubicado en la calle Ramón y Cajal hacia 1928.
El patriarca, Santiago Alfageme Pérez, fundó en el siglo XIX la fábrica de harinas Santiago Alfageme en Michaisa, un negocio próspero que, bajo la dirección de sus hijos Isidro y Francisco, gozó de gran esplendor. Isidro, además de su faceta empresarial, desempeñó un breve mandato como alcalde en 1921 y contrajo matrimonio con Ignacia Villalonga Vaquero. Su esposa, oriunda de Alcora (Castellón) aunque nacida en Valladolid, provenía de una familia marcada por los avatares de la historia: su padre fue desterrado tras la Segunda Guerra Carlista. Curiosamente, los azulejos que coronan las cúpulas de las torrecillas del edificio Alfageme podrían proceder de la afamada cerámica de Manises, un vínculo inesperado que conecta el edificio con la tradición valenciana.
En la genealogía familiar también encontramos a Manuela Alfageme, casada con José Mella Angueira, de cuya descendencia nacieron los célebres hermanos Santiago y Diego Mella Alfageme. Estos nombres resuenan en la memoria de los montañeros leoneses, pues dieron nombre a un refugio en los Picos de Europa, en la zona de Valdeón, y fueron precursores del alpinismo en la región.
La línea sucesoria nos lleva hasta Santiago Alfageme Alfageme, quien heredó la fábrica de harinas hasta su fallecimiento en 1970. Sin descendencia interesada en continuar el negocio, la empresa fue adquirida por Arias, que conservó el apellido en su denominación hasta su quiebra en la década de los noventa. Finalmente, la fábrica fue desmantelada en 2014, lo que supuso la pérdida de otro fragmento del patrimonio industrial leonés, un destino compartido con la Azucarera Santa Elvira.

Pero regresemos al enigma arquitectónico que nos ocupa: ¿por qué se elevaron dos pisos más en la Casa Alfageme? En 1956, la familia vendió el edificio a Joaquín Blanco con una única condición: las cuatro hijas y el hijo de Isidro Alfageme, Santiago, podrían continuar residiendo en sus hogares mediante una renta simbólica hasta el fallecimiento de los progenitores. Ante esta situación, Joaquín Blanco ideó una solución ingeniosa para rentabilizar su inversión sin despojar a la familia de su hogar: optó por la ampliación vertical, diseñando un proyecto arquitectónico que respetaba la esencia original del edificio y, a la vez, le confería una verticalidad inusitada. Así, las torrecillas fueron elevadas dos pisos más, logrando una armonía visual que evitó cualquier desentonación con la estructura preexistente. Cualquiera que se hubiera ausentado de León durante un par de años habría tenido la impresión de que el edificio siempre había sido así.
Con el tiempo, las familias que poblaban el inmueble fueron desapareciendo, y las viviendas dieron paso a oficinas y despachos. Solo unas pocas residencias familiares han resistido el inexorable avance del comercio y la administración, conservando la esencia de lo que antaño fue un hogar vibrante.
Para comprender lo que este edificio significó para quienes lo habitaron, nos sumergimos en los recuerdos de Rafael, nieto de Santiago Alfageme, quien reside actualmente en Madrid. Rememora con nostalgia la emoción infantil de llegar a León y sentir la imponente presencia de la fachada de la Casa Alfageme, tan diferente de su modesto piso en la capital. Para él, aquel edificio era un castillo.
Asomarse al mirador de la torrecilla era un juego lleno de picardía: un escondite perfecto desde el que espiar la vida de los leoneses que transitaban por Ordoño II. En los pasillos de la casa, Rafael correteaba con sus primos y hermanos, siendo objeto de las reprimendas de la asistenta de su abuela, quien, en tono admonitorio, le advertía que, si seguía así, acabaría cayendo en la mismísima casa de Joaquín Blanco.
Pero entre todos sus recuerdos, hay uno que se ha quedado grabado en su memoria con especial intensidad: el aroma. En los bajos del edificio se ubicaba Flores Sabadell, y en su patio interior se almacenaban todas las flores, envueltas en la tenue luz natural y el frescor perpetuo del espacio. Al visitar a sus abuelos, Rafael sentía cómo los efluvios de rosas y otras flores ascendían por el patio e impregnaban cada rincón de la casa.
Sus vivencias, sus relatos y la memoria de aquellos días han sido un regalo. La gratitud es un sentimiento insuficiente para describir lo que este Cicerone experimenta al haber escuchado y compartido estos fragmentos de la historia de León. Y aún queda más por descubrir. En apenas dos días, desvelaremos el capítulo final de esta crónica, con una última mirada a las fotografías inéditas de una ciudad en la que, no hace tanto tiempo, el aroma de las rosas aún flotaba en el aire.
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