LA LEYENDA DEL BAR LA BARRA
EL BAR LA BARRA
Descendiendo por las escaleras de la Casa Valentín, me despido de quienes habitan sus distinguidas viviendas, testigos de un pasado glorioso que reverbera en los muros de este bastión de la ciudad de León. Apenas traspasado el umbral, me encuentro con un vestigio singular de la hostelería leonesa: un establecimiento que, con su decoración exterior exquisita, atrapa la mirada del paseante.
«Comidas – Bar La Barra – Vinoteca», proclama su letrero con una tipografía que evoca aquellos rótulos de las películas de mediados del siglo XX. Contemplo su interior con curiosidad, preguntándome qué lo llevó a convertirse en un emblema de la ciudad, qué historias encierra su atmósfera y qué misterio ocultan sus paredes, recordadas por un objeto en particular: un sistema ideado para calentar las manos de los trabajadores ferroviarios que antaño frecuentaban el local.
La Casa de don Valentín fue erigida en 1926 con la voluntad de acompasar el crecimiento de la ciudad, que extendía sus límites hacia los nuevos espacios urbanos conectados por el puente de hierro de Saavedra, posteriormente conocido como el Puente de los Leones. Concebida en un principio como un hotel, su entrada, con un vestíbulo de elegante factura, rinde homenaje a aquella vocación original bajo el nombre de Hotel del Norte, en alusión a la antigua estación ferroviaria que recibía a los viajeros procedentes de Palencia y Valladolid desde el siglo anterior.
En este contexto de dinamismo creciente, en 1932 nació el Bar La Barra, un establecimiento que aspiraba a convertirse en un punto de encuentro para trabajadores y viajeros, quienes hallaban en su interior un lugar donde resguardarse del frío y reponerse con una bebida caliente tras el trasiego de la estación.
Los ferroviarios llegaban exhaustos, ateridos por la intemperie y el trabajo en las vías. No bastaba con un café humeante: necesitaban calidez en las manos. Así, surgió una idea ingeniosa que daría nombre al establecimiento. En el interior del apoyabrazos de la barra se instaló una tubería de agua caliente que circulaba de un extremo al otro, permitiendo a los clientes caldear sus manos y sentir un alivio inmediato. En el suelo, un reposa pies con el mismo sistema proporcionaba un calor reconfortante a quienes aguardaban su tren o simplemente buscaban refugio del invierno. Este detalle singular, además de su privilegiada ubicación junto a la estación, hizo de La Barra un referente ineludible de la ciudad.
Junto al establecimiento, diversos locales completaban la oferta de la Casa de don Valentín: fondas, lavanderías y pequeños hoteles brindaban cobijo a viajeros y ciudadanos, conformando un entramado urbano animado y funcional.
Con el paso de las décadas, La Barra se convirtió en mucho más que un bar de estación. En los años noventa, Pablo, su nuevo propietario, transformó su discreta bodega en un templo para la enología. Gracias a su pasión por el vino y su afán por ensalzar la historia del local, revitalizó el establecimiento con un sello de excelencia que lo inscribió en la memoria cultural de León.
Este renacimiento de La Barra no habría sido posible sin la figura de Jesús Riol, vicepresidente del Círculo de Empresarios de León y apasionado defensor del patrimonio histórico de la ciudad. A finales de los noventa, Riol adquirió los locales anexos y el propio bar, permitiendo que Pablo impulsara su proyecto con renovada energía. Su labor de rehabilitación fue meticulosa: restauró el suelo de cerámica original, mantuvo la legendaria tubería de agua caliente en la barra y modernizó el espacio sin traicionar su esencia. Su intervención, lejos de limitarse a La Barra, se extendió a otros enclaves icónicos de la ciudad, como el Barry’s Irish Pub en la Plaza Mayor, cuya fachada de hierro -aparentemente de madera- fue conservada para evitar riesgos de incendio y preservar su valor arquitectónico. Otro de sus proyectos fue la reforma del bar El Lobo, donde se integraron arcos originales de la muralla de la ciudad en un ambiente moderno y vibrante, demostrando que el pasado y el presente pueden convivir en armonía.
A pesar del resurgir que conoció en las últimas décadas, La Barra no pudo resistir las vicisitudes del tiempo. En 2022 cerró sus puertas, dejando tras de sí un eco de memorias y vivencias compartidas. Sin embargo, su historia no se ha desvanecido: sigue latente en los muros que un día acogieron a ferroviarios, vecinos y viajeros.
Los locales aledaños, todavía bajo la custodia de Jesús Riol, han sabido adaptarse a las nuevas exigencias sin renunciar a su esencia. La innovación y la tradición se entrelazan en un diseño flexible, donde los espacios pueden reconfigurarse según las necesidades sin alterar la estructura original. La escalera, inspirada en una catapulta medieval, los cubículos de cristal y la integración de elementos artísticos como la escultura de la zona de servicios confirman la atención al detalle con la que se han concebido estos espacios. La influencia del arte japonés y la búsqueda de lo orgánico reflejan la visión de su creador, quien entiende la arquitectura como un diálogo entre la historia y la funcionalidad.
La tubería de La Barra, aunque oculta tras una trapa cerrada, sigue recorriendo el imaginario de los leoneses. Queda a la espera de que un nuevo propietario encienda de nuevo sus luces y avive la llama de su legado, para que la historia, la alegría y el calor que un día brindó a tantos vuelvan a poblar sus estancias y a caldear el corazón de León.
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